sábado, 8 de octubre de 2011

FOTOGRAFÍA (( 43 )) :: ALGUNAS BUENAS FOTOS, CREO ::

















RELATO EN UNA ENTREGA (( 1 )) :: "EL ENSABANADO" ::






                                               

Quisiera dedicar este relato a la memoria de Teresa, mi bondadosa tía, que fue a quien se lo oí contar siendo yo un chaval de diez o doce años. No sé dónde lo leyó u oyó, o si acaso ella lo inventó. Yo, por mi parte, me he limitado a recrearlo añadiéndole algunas cosas de mi invención. Va por ti, tía.
                                                                 EL ENSABANADO 

  Me requiere en su carta Vuestra Merced que le ponga por escrito y le envíe a Madrid lo antes posible el caso del famoso aparecido de Montearagón, ocurrido hará cincuenta años en aquella ciudad, la mía natal. Me ha prometido, a vuelta de correo, un buen jornal por ello y también que mi nombre, Serapio Díaz, aparecerá al final de esta relación como autor della en su Diario, y yo así lo espero, pues confío en la palabra de tan ilustre caballero como Vos.    Sepa Vuestra Merced que, pese a los largos años transcurridos, lo recuerdo todo como si hubiese sucedido ayer, no en vano fue mi memoria, además de la ligereza de mis piernas, la que me hizo entrar de alguacilillo o, como otros gustaban decir, correveidile del señor Corregidor don Ramiro de Pinada, que en paz descanse.  Además, sepa V.M. que los viejos recordamos mejor lo ocurrido hace cuarenta o cincuenta años que lo que comimos ayer mismo, y esto es verdad general que espero V.M. compruebe  por sí.     No, no me resulta difícil recordar aquellos días, o por mejor decir, aquellas noches, pues lo más de esta historia, aunque no lo peor, acaeció de noche, como lo es ahora en que desde el ventanuco de la estancia que mi hija Francisca me tiene aquí, en Albaçite,  puedo columbrar, allá a lo lejos, la sombra del Cerro de San Julián, coronada por el castillo,  donde descansa mi vieja ciudad.        Pero me entretengo a la puerta y no acabo de entrar en esta, aunque increíble,  verdadera historia que Usía me solicita. Bueno, pues al meollo me voy, sin más tardar:    Lo primero fue la desaparición del Ramonet,  el pastor bandido de la Losilla. Y he dicho  bien: “desaparición”, porque, según contaron quienes lo custodiaron, a cosa de brujas les supo el entrar en el calabozo y no hallarle. Ninguno daba crédito: ni Perico el de los Pelendengues (Usía perdone, que en pequeñas villas como la mía, a ningún cristiano falta el apodo), ni Antonio el de los Peroles, ambos dos cabales, incapaces de mentira, ni ninguno de los otros que con ellos estaban de guardia en el castillo. ¡Quién pudiera creer que aquella fría mazmorra por donde habían pasado tantos y tantos presos ocultara resorte alguno y portezuela secreta! Pero por allí se escabulló… Cómo dio con ella, el diablo lo sabe. Y lo que enredó después, en su alma lo lleve, que grande fue la que montó y hasta el día de hoy todavía se habla y se comenta, y para prueba, la curiosidad de Usarced. Pero, dispense V. M., que otra vez me voy del hilo. A lo que importa: el Ramonet se fugó de la más oscura, fría y horrible celda de los sótanos del castillo, cosa nunca vista, como ya he dicho. Y después de la impresión, por más porfía y empeño y más vueltas que le dieron a la pestilente pieza y al caletre no hallaron explicación ninguna. Si años después, una falla del terreno no hubiese dejado al descubierto el portoncillo, jamás hubiésemos dado con él, aunque nunca supimos del oculto resorte, como sin duda él  sí supo con ayuda del demonio.      Gracias a la falla supimos que bajo la mazmorra corría un  túnel que, según me recuerdo, el Licenciado don Miguel Martínez de Carcelén, cronista de la villa, supuso habría sido  horadado en los lejanos tiempos de los moros, cuando la ciudad una vez era infiel y la otra cristiana, y unos y otros salían della, salvando cuerpo, alma y haberes más preciados, por esos corredores hasta ver la luz de alguna posible escapatoria tras las murallas, en los pinares que bordeaban la ciudad.     Todo hubiese quedado en un disgusto terrible del señor Corregidor y un ejemplar castigo a los carceleros y guardianes, si todo hubiese consistido en un túnel, en uno solo. Pero no resultó así: había más, unos cuantos más.      De unos años a esta parte se ha corrido el bulo de que la existencia de dichos corredores, por lo visto, era cosa sabida de algunos, tales como el señor Corregidor, el Alguacil Mayor y algunos pudientes de la villa, pero los más no sabíamos nada de ellos, porque se había perdido su memoria con el correr de los siglos.     A lo que parece, cada morabito de algo más que menos, tenía su túnel bajo su casa y unos comunicaban con otros, lo que vino como de molde a nuestro huido ya que en pocas semanas  pasó de inmundicia olvidada en su pocilga a rey y señor de la ciudad de Montearagón, porque desde entonces tuvo acceso a casi todas las principales casas solariegas della, las cuales  no eran otras que las antiguas de los moros, de quienes se habían cogido.      Y así pasó que, inmiscuyéndose en ellas de noche mientras los honrados moradores dormían ajenos, robaba cuanto precisaba primero y cuanto quiso, después. Porque sabrá V.M. que al principio hurtaba para sustentarse, así de viandas como de vestidos, pero luego viéndole la gracia al negocio ya le fueron gustando monedas de oro y plata, y joyeles. Y los señores de la ciudad víctimas de las tropelías del pastor metido a bandido,  uno tras otro, como en peregrinación, fueron acudiendo al Corregimiento, donde al principio sorprendieron la primera y segunda denuncias, pero no la tercera pues “Barrabás”, el Alguacil Mayor, perro viejo, se olisqueó enseguida quién era el autor de los hurtos, y no erró.     Don Ramiro, viendo a los prohombres alborotados, que se les metía gente en sus casas al anochecer y les robaban los caudales y joyas, pronto se dio cuenta de que aquello se había convertido para él en asunto de mucho interés, por no decir que le iba el cargo en ello: vamos que o rodaba talmente la cabeza del pastorcico o rodaría la suya en lo figurado, porque su puesto lo debía a los notables, aunque después lo hubiese revalidado con su proceder recto… o riguroso, según opiniones. De ahí  fue que pusiera  en ello el empeño digno de su persona y cargo.    Para mejor poder atrapar al fugitivo sin levantar sospechas en la ciudad de lo que estaba sucediendo, se cerraron de improviso sus puertas y se decretó el toque de queda, alegando por bando pregonado que se habían oído rumores de epidemia en Albacete  y que, por tanto, se aislaba a la ciudad del exterior. La gente cobró miedo, pero lo peor, y no en forma de peste, estaba por llegar, pues entonces fue cuando comenzaron las apariciones del amortajado, que, para más inri, también  burló cuanto quiso a corchetes y alguaciles, poniendo pavor en las gentes del común, que nada sabían de los robos, pues todo se había mantenido -¡milagrosamente!- en secreto.    Nunca antes se había visto ni oído nada igual. Decían de él quienes lo vieron que el sudario  que portaba era tan tenue, como cosa de otro mundo, que se confundía con las hilachas de la niebla al amanecer y que el aparecido iba en busca de algo o de alguien, (lo que ya no espanto, sino miedo cerval puso en los corazones de todos) pues parecía llevar un itinerario fijo que repitió en varias ocasiones. Iba, según contaron, amortajado, aunque algunos lienzos parece que flotaban al viento, lo que dio lugar a que lo llamasen el ensabanado. Su rostro no lo pudieron ver, sino sus ojos, pues lo más del bulto lo cubría un lienzo descosido de tela blanca. Aparecía y desaparecía como por arte de encantamiento. No faltó quienes afirmaran, y luego se verá de dónde, que se trataba del mismo diablo que andaba suelto por las calles de Montearagón, quién sabe buscando a quién.     A la vista, pues, de lo que estaba sucediendo fueron repartidos a lo largo de las murallas alguaciles fuertemente armados, mientras que por las estrechas y empinadas callejuelas otras patrullas rondaban, sin descanso, hasta el alba.    Aunque extramuros la noche era dueña y señora, de puertas adentro la ciudad parecía encontrarse todavía en un extraño crepúsculo, porque se colocaron cantidad de hachones prendidos en muros y paredes y se encendieron pequeñas fogatas por los rincones más lóbregos.    Fuera de los que vigilaban, nadie tenía libertad de poner un pie más allá del umbral de su casa, según el bando que don Ramiro había hecho pregonar. Y nadie lo ponía, aunque no se sabe muy bien qué podía más en el ánimo dellos, si el temor a la justicia del señor Corregidor o el pavor que infundían las apariciones del amortajado. Yo tengo para mí que, aún sin bando pregonado, nadie hubiera osado salir ni a la puerta de su casa. Como es lógico, en el interior de ellas todos discurrían y hablaban del mismo asunto: el amortajado, aquella alma en pena, como decían,  que aparecía y desaparecía en las enrevesadas calles de la pequeña ciudad.    Naturalmente,  todos se hacían cábalas a cerca de quién podría ser: se mencionaban los nombres de los últimos difuntos, cuyos cortejos fúnebres volvían a buscar en la mente de los atemorizados el silencioso camino del cementerio, allá abajo, mientras sus vidas se traían de nuevo a la memoria en busca de acontecimientos extraordinarios que presagiaran o justificaran su regreso al mundo. Se recordaban cuentas pendientes, agravios y afrentas que algunos creían sepultadas para siempre junto con los ofendidos. No se olvidaban tampoco las últimas ejecuciones habidas en la plaza de la villa: aquellos dos forasteros ajusticiados al garrote sin demasiada tardanza…    Más arduo y moroso fue el proceso que acabó con la pobre Enclética, la de la Covacha,  en otra mazmorra del castillo, por orden del Superior de la Santa Inquisición. De allí salió cadáver a buscar su pedacito de tierra sin consagrar… Aquella infeliz, culpada de brujería y tratos con el demonio, en realidad nunca había hecho daño a nadie, salvo a sí, visto su fin, y muchos – y muy sandios - pensaban, como arriba apunté, que el mismísimo diablo andaba por las calles buscando venganza de quienes tan cruelmente habían dado muerte a la que tenían por su servidora. Supersticiones del vulgo, que como Usarced entenderá yo no creo ni he creído nunca.     Pero volvamos a la senda: está de más decir que el señor Corregidor, y cuantos estaban en el secreto de la fuga del Ramonet, en ninguna de estas supercherías pensaban, sino en cómo atrapar al bribón del pastor, asunto este que tenía a Don Ramiro, conforme se iban yendo los días sin fruto alguno, cada vez más enfurecido, aunque sólo quienes lo conocíamos bien sabíamos cuánto. Y es que no sólo había desaparecido el pastor y aparecido una mortaja andante, sino que las cosas ya se le venían torciendo – y aun retorciendo- de antes: que si la riña con  su hijo mayor, Don Diego, el cual se había salido de madre con aquellas nuevas ideas recién traídas, según oí por vez primera entonces, de Francia, por donde ya confirmé que era nación esta de la que nada bueno podía venir, y si no ahí está aún el alumbrado  que no me dejará mentir, pues algo tuvo que ver en el final desta tan trágica historia. Pero otra vez me salgo del camino, con lo que Usía perdonará a este pobre viejo de pocas entendederas y menos letras. Pues sepa V. M. que después de la disputa ya no volvieron a hablarse padre e hijo, y al poco vino el rompimiento del señor Corregidor con  María la bordadora, con quien se entendía desde hacía años; finalmente llegaron, casi de consuno, como ya conoce V.M., la fuga de Ramonet y las apariciones del amortajado.     Desde aquella conjunción de contratiempos sus mandíbulas se apretaban la una contra la otra más que nunca, su conversación, ya de por sí parca, se había vuelto exigua y su mirada aparecía, como siempre, dura, pero ahora también reconcentrada y por momentos fija, porque un solo pensamiento consumía sus energías y ocupaba su tiempo.      Pero como era hombre decidido y, como suele decirse, estaba hecho de una pieza, apartó el recuerdo de su hijo tan rápida como drásticamente,  y  se diría que el desamor de la bordadora lo guardó apretado en su pecho como punta de flecha que lo emponzoñara, o eso creí yo leer en su gesto contraído y un punto doliente. Ya sólo tenía vida para la captura del fugitivo.   Y es que  nunca nadie en Montearagón, desde que ocupara el cargo, hacía ya más de veinticinco años, lo había burlado y precisamente la burla, la humillación pública, el saberse, o aun creerse,  en boca de todos, era algo que Don Ramiro no soportaba. Tenía mucho amor propio, y aun orgullo más del aconsejable, pues su padre y su abuelo no eran de gran linaje, y había salido de mediana clase a donde ahora se encontraba y desde joven, casi niño, se había esforzado sobremanera en el camino de la rectitud, de hacer honor a sus actos y palabras, y no dejarse vencer nunca por las dificultades. Así había salido adelante, frente a otros de mayores posibles y más alta alcurnia, y así había desempeñado su cargo hasta aquellos malhadados días en que los últimos acontecimientos lo tenían contrariado como nunca.     Además,… ahora lo veo…, fue en aquella època cuando vino a iniciarse el declive de su vigor y fortaleza varoniles, tanto físicos como espirituales y esas menguas, a las que no podía poner remedio, lo desasosegaban en lo más profundo y – nadie lo hubiese imaginado de él- lo desconcertaban, aunque ningún allegado sino Barrabás y yo, que lo conocíamos bien, pudiera apreciarlo. Así, lo veíamos a veces meditabundo, triste, con la mirada perdida, examinando sus brazos y piernas, o yo que, por razón de mi oficio, tenía franca la entrada en su casa, más de una vez lo sorprendí mirándose al espejo un rostro que ya empezaba a ser el de un viejo. En aquellas ocasiones fijaba sus ojos en mí, que había quedado frente a él como de piedra, pero nada me decía, ni aun llamarme la atención. Su espalda, otrora la más erguida de la población, cuando con sus relucientes botas negras paseaba la plaza en compañía de Barrabás, ahora ya hacía por vencerse un algo, un algo que pesaba como losa de quintal en el alma de don Ramiro. La vejez le estaba esperando a la vuelta de la esquina y aquello le ponía más espanto a él que el amortajado a todos los demás juntos. Pero, como dije, no había remedio… ni siquiera en los brazos de María iba a recuperar ya la ilusión de la auténtica fortaleza y vigor de juventud.     …………………………………………………………………………………………….      Una mañana, al amanecer, se supo a las veras dónde estaba y allí le prepararon la encerrona. Informado el Corregidor dio orden de que se apostaran todos los hombres disponibles en ese momento. Era imposible que nadie pudiese escapar sin ser apresado o alcanzado por las balas. Todas las callejas colindantes a la casa donde se suponía que se hallaba el famoso ensabanado estaban ocupadas. Aunque otras veces había logrado desaparecer como la niebla al mediodía, en esta ocasión parecía imposible.    Lo curioso era la casona a donde había ido a protegerse, la de María la bordadora, la mantenida del señor Corregidor.    Y al poco del alba, salió. Cuando ya la nieve había creado un pequeño manto en las callejas, salió. Y no tuvo tiempo ni de decir ¡ay!, pues lo acribillaron en la misma puerta de María la bordadora. Contra la pared lo empujaron los balazos y allí se dobló en dos, moribundo, para al final caer de frente atravesando con medio cuerpo la mitad de la calle. La sangre quería huir y empapar la sábana, pero el frío le cortaba en seco la salida, congelándola. Nadie se inmutó, todos aguardamos a que la vida escapara de aquel cuerpo al que no osábamos quitar la mortaja, no por superstición sino porque éramos conocedores de que el señor Corregidor se reservaba para sí tal privilegio. Aunque nosotros la habíamos cobrado, la pieza era sólo suya.      Todo esto que cuento duró… ¿cuánto? ¿Segundos, minutos… una hora? No sabría decirlo. Sólo recuerdo que, a una orden de “Barrabás”, eché a correr hacia la plaza, di la vuelta al arco de los Reyes bajo la fachada del Ayuntamiento y aporreé la puerta lateral que daba acceso al edificio del Cabildo. Pronto me abrió “Pitoño”, el alguacil de Casa, el cual no tuvo que preguntarme nada, pues la descarga se había oído prácticamente en toda la ciudad y, por si eso no fuera suficiente, en mis ojos se leía todo. Al rato bajó el señor Corregidor, tranquilo, sin decir palabra. A lo sumo, había algo en él de la satisfacción animal que pueda sentir el tigre que acaba de cazar su pieza. Tras él nos dirigimos al lugar de autos.    Tal era el temor reverencial que la figura de don Ramiro inspiraba en las gentes  que cuando llegamos a donde el cuerpo reposaba, cubierta ya la blanca mortaja por una fina capa de nieve, no se vio a ningún vecino al que se le hubiese ocurrido salir a curiosear. Lo que les costó reprimir ese impulso, sólo Dios lo sabe. Pero, en fin, allí estaban los mismos, y casi en idéntica disposición, que yo había dejado hacía unos minutos. Todos guardaban silencio, cansados por la tensión y las horas de ronda y vigilia, pero mudamente satisfechos de haber cobrado el trofeo que su Señor deseaba, al cual contemplaban, mientras se acercaba, de soslayo, apoyados la mayoría de ellos en los altos mosquetes, esperando, impacientes, ver aparecer el rostro de aquel maldito Ramonet que tanto les había hecho trabajar y sufrir durante las últimas semanas.     Con pisadas seguras que hacían crujir la nieve, el señor Corregidor avanzó hacia el cuerpo exánime. Llegó a un paso de él y se detuvo. Lo contempló unos instantes que  a mí me parecieron siglos…  Entonces llamó a “Barrabás”, su mano derecha, para que le despojase de su mortaja. Tras “Barrabás” íbamos todos, hasta formar un mediano círculo alrededor del Alguacil Mayor, Don Ramiro y el muerto. Cuando “Barrabás” se inclinó para retirar la sábana cubierta de fina nieve, Don Ramiro quedó en cuclillas muy próximo a la cabeza del difunto, porque sin duda quería ver de cerca el rostro de su enemigo, que tanto trabajo le había dado. Cuando “Barrabás” cogió de  un pico la ya, por efecto de la nieve caída, pesada sábana y tiró de ella, un estremecimiento y una sorda exclamación general acompañó el gesto del Alguacil Mayor: no era Ramonet, sino don Diego.    Sólo se oyó, después, la seca caída de hinojos del señor Corregidor.    Nadie supo qué hacer ni qué decir durante unos instantes en que el cielo, piadoso, veló con una nueva mortaja los rasgos del joven difunto. Finalmente, no sé de dónde ni cómo, el Corregidor sacó fuerza y arrestos para incorporarse y dar la orden de trasladar el cadáver al Cabildo. Inmediatamente cumplimos su mandato.    Ese mismo día por la tarde, las gentes de Montearagón ya habían puesto el auténtico “Fin” a la historia y dado inicio a la leyenda, pues actuando de comentadores della interpretaron lo que había estado acaeciendo desde tiempo atrás para llegar a tan triste final. A saber: que Don Diego le había quitado la querida al padre, que por eso – y no por ideas- habían discutido y roto el Corregidor y él y el Corregidor y ella. Que al malhadado joven no le había quedado más remedio que disfrazarse de fantasma para no ser reconocido en sus visitas a la bordadora, una vez el padre había dado el toque de queda y dispuestas rondas y vigilancia por la ciudad, tras fugarse y empezar a cometer robos  Ramonet,  a más del alumbrado.    Del pastor más se podría contar, pues, una vez pasada la convulsión que la muerte del hijo del Corregidor supuso, volvió a las andadas, robando y cometiendo otras “hazañas” más propias de Don Juan  que de Don Caco, en fin,  revolucionando y llenando de escándalo y habladurías de nuevo la ciudad, que no se reponía de una cuando ya la  ponían, con perdón, “patas arriba” con otra…     Pero esta, sepa Vuestra Merced, es otra historia, y de no menor interés, la cual, si V. M. desea, estaría también gustoso de referirle al mismo ajuste y remate y por idénticos modos que la que aquí acaba. Dios guarde a Usarced muchos años, y a mí, su humilde servidor, también proteja.     Albaçite, 5 de Mayo del Año de Nuestro Señor Jesucristo de 1776.        Serapio Díaz y Núñez, que fuera Alguacil Mayor del Cabildo de la ciudad de Montearagón. 

POEMAS PROPIOS (( 19 )) :: LA COSA SE COMPLICA ::


La cosa se complica:
Añade a la madeja de los daños
Por ti causados,
El ovillo enredado de los males
Que a ti han infligido.
Intenta ahora, si puedes,
Desenredar la maraña
En tu corazón y tu cerebro.
Efectivamente: la cosa es complicada.